Falta de vitamina D y obesidad, un vínculo muy habitual

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Por el Dr. Ernesto Irrazábal, Endocrinólogo.

La vitamina D pertenece a la familia de las vitaminas liposolubles. La principal fuente por la cual nuestro organismo la obtiene es la exposición a la luz solar; muy pocos alimentos la contienen en forma natural o están adicionados con vitamina D. Es sintetizada en la piel mediante una reacción fotolítica, por efecto de los rayos ultravioleta. Así, la causa principal de su deficiencia es la falta de exposición adecuada a la luz solar.

Como consecuencia de esto, las concentraciones de vitamina D están influidas por varios factores, entre ellos la latitud en que una determinada población vive, por la estación del año, así como la raza.

Cabe resaltar que el uso de protectores solares con factor de protección 30 reduce la síntesis de vitamina D en un 95%.

Múltiples estudios muestran que tanto en niños como en adultos niveles bajos de esta vitamina ocurren con una frecuencia muy alta.

Según sea la población estudiada se estima que de 20 a 80% de los individuos pueden tener algún grado de déficit de vitamina D.

La principal acción de esta vitamina es estimular la absorción intestinal del calcio y fósforo de la dieta. En los estados de deficiencia severa solo de 10 a 15% del calcio y un 50% del fósforo son absorbidos.

Con la reducción del calcio en sangre nuestro organismo pone en juego una serie de mecanismos de regulación para intentar corregirlo. Entre ellos, incrementa la reabsorción ósea de este mineral y puede causar una disminución generalizada de la densidad mineral ósea (DMO), dando como resultado la osteopenia y osteoporosis.

Relación con otras patologías

Desde hace décadas se conoce la relación del déficit de vitamina D con enfermedades óseas como raquitismo y debilidad, reblandecimiento de los huesos (osteomalacia).

En los últimos años, se ha sumado evidencia científica que asocia déficit de esta vitamina a otras enfermedades como distintos tipos de tumores (colon, mama y próstata), alteraciones inmunológicas (esclerosis múltiple), procesos infecciosos (tuberculosis).

Esto ha llevado a que cada vez más, tanto los médicos como los propios pacientes se preocupen en vigilar las concentraciones de vitamina D para tratar de mantenerlas en niveles adecuados con el objetivo de evitar estas asociaciones.

Vínculo con la obesidad

Del mismo modo, varios estudios epidemiológicos y algunas líneas de investigación han intentado asociar la obesidad con concentraciones bajas de vitamina D, así como un mayor riesgo de síndrome metabólico y diabetes 2.

¿Existe una relación causal entre el déficit de vitamina D y el riesgo de obesidad? Al intentar dar una respuesta a esta interrogante debemos considerar algunos aspectos.

Tanto la obesidad como la insuficiencia de vitamina D tienen una alta prevalencia en todo el mundo. No hay duda de que las dos condiciones están asociadas pero la naturaleza de la asociación no está clara.

Existe la posibilidad de que el aumento de la adiposidad podría conducir a la deficiencia de vitamina D. Debido a su característica hidrofóbica esta puede acumularse en el tejido adiposo y de este modo contribuir al descenso de su concentración en sangre.

Por otro lado, podría ser que un bajo nivel de vitamina D aumente el riesgo de obesidad, ya que esta vitamina parece modular la actividad metabólica de los adipocitos en los estudios experimentales.

La obesidad es una epidemia global. Más de 50% de la población adulta, sobre todo en el mundo occidental, padece algún grado de sobrepeso u obesidad. Con el incremento de la obesidad también aumentan las enfermedades relacionadas con el exceso de grasa corporal, como la diabetes, enfermedades cardiovasculares, hipertensión, trastornos del sueño, entre otros.

Por otra parte, el déficit de vitamina D es también altamente prevalente en la población general.
Se han planteado distintas hipótesis que pretenden explicar los posibles mecanismos que vinculan la obesidad con su déficit. Sin embargo, no se ha podido atribuir una relación causal. Por el momento, son especulaciones y más bien parece ser la concomitancia de dos condiciones (obesidad y déficit de vitamina D) altamente prevalentes en la población general.

Por otra parte, tampoco disponemos de estudios clínicos aleatorios que hayan demostrado que los suplementos de vitamina D para mantener concentraciones en sangre de más de 30 ng/mL tengan efectos benéficos adicionales para la prevención o tratamiento de las enfermedades crónicas como la obesidad, el síndrome metabólico, enfermedades cardiovasculares, diabetes, entre otras.

En estos tiempos y a pesar de los indicios de una potencial vinculación con otras patologías continúa el escepticismo sobre los beneficios no calcémicos de esta vitamina en la salud.

Los expertos, al menos hasta este momento, no recomiendan la prescripción de suplementos de vitamina D más allá de las dosis recomendadas para cubrir las necesidades diarias y con el único objetivo de lograr beneficios a nivel óseo.

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